El sobrediagnóstico del TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) es un fenómeno creciente y preocupante en el ámbito de la salud mental. Como psicóloga, observo con frecuencia en consulta como síntomas como la falta de atención, la inquietud o la impulsividad (comunes en diversas condiciones) son atribuidos rápidamente al TDAH. Este diagnóstico apresurado, sin una evaluación profunda, puede tener consecuencias significativas para la persona. En este artículo exploraremos por qué ocurre este sobrediagnóstico y por qué la figura del psicólogo es fundamental como primera barrera para un diagnóstico preciso y ético.
La complejidad del diagnóstico diferencial
Un psicólogo clínico especializado en evaluación sabe que el TDAH comparte sintomatología con otros trastornos. La ansiedad, la depresión, el estrés postraumático, las dificultades de aprendizaje o incluso un contexto vital estresante pueden manifestarse con una apariencia similar al TDAH.
Diversas investigaciones advierten que los criterios diagnósticos del TDAH, si se aplican de manera superficial sin un análisis contextual, pueden llevar a confundir la reacción normal a un entorno difícil con un trastorno neurobiológico.
La presión social y el contexto educativo
La presión social y escolar es otro factor clave. Padres y profesores, desbordados por un sistema que premia la quietud y la concentración constante, pueden buscar una etiqueta rápida que «explique» el comportamiento de sus hij@s o alumn@s.
Algunos estudios de pediatría han señalado que los niños más pequeños dentro de su curso escolar tienen mayor probabilidad de ser diagnosticados con TDAH, sugiriendo que la inmadurez relativa se confunde con patología. En este escenario, un psicólogo actúa como filtro esencial. Su labor consiste en diferenciar entre un trastorno y una variación normativa del desarrollo o una respuesta a expectativas inadecuadas.
Las consecuencias del sobrediagnóstico
Las consecuencias del sobrediagnóstico son graves. Pueden llevar a la medicalización innecesaria de los niños y adultos, con tratamientos farmacológicos que no abordan la causa real del problema. Además, una etiqueta incorrecta desvía la atención de intervenciones psicológicas o educativas que si serían efectivas.
Cuando el entorno se confunde con el trastorno
En muchos casos, el sobrediagnóstico del TDAH esconde realidades más complejas. Niños que atraviesan situaciones de estrés familiar, cambios importantes o dificultades en la convivencia pueden manifestar inquietud, falta de concentración o irritabilidad
También aquellos que han estado expuestos a entornos poco predecibles o que no han contado con la contención emocional suficiente pueden expresar su malestar de formas que se parecen al TDAH. La hipervigilancia, la ansiedad y la dificultad para regular las emociones generan un comportamiento que, visto desde fuera, puede interpretarse como impulsividad o inatención. Por desgracia, hay niños medicados que no deberían estarlo, porque lo que necesitan no es un fármaco, sino que su entorno pueda ofrecerles mayor estabilidad, comprensión y vínculos reparadores.
Conclusión: la importancia de mirar más allá del síntoma
En conclusión, el sobrediagnóstico del TDAH nos invita a detenernos y preguntarnos: ¿qué hay detrás de esa inquietud, de esa falta de atención, de esa impulsividad? Muchas veces, lo que se presenta como un trastorno del neurodesarrollo es, en realidad, la expresión de un malestar emocional que no ha econtrado otro cauce. La ansiedad, la tristeza, el estrés crónico o las dificultades para gestionar las emociones pueden manifestarse de forma muy similar a los síntomas que asociamos con el TDAH. Como psicóloga, mi labror no es solo identificar conductas, sino comprender la historia emocional que las sostiene. Por eso, antes de apresurarnos a etiquetar, es fundamental realizar una evaluación psicológica que explore el mundo interno de la persona, sus vivencias y su contexto. Solo así, podremos diferenciar entre un trastorno que requiere un abordaje específico y un sufrimiento emocional que necesita ser escuchado, contenido y acompañado. Porque, al final, lo que todos estos niños y adultos merecen es que les miremos con profundidad, más allá de los síntomas, para encontrar la ayuda que realmente necesitan.
